«Educar desde el arte, un puente a la posibilidad»

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Por Victoria Llorente

“Las posibilidades se presentan cuando estamos atentos. Atentos a lo que leemos, atentos a la información que consumimos, atentos a saber con quiénes nos relacionamos, atentos a lo que comemos y a los hábitos que practicamos. Mirarnos, reconocernos, nos abre a descubrir posibilidades”. La que habla es Claudia Iturralde, abogada, socia fundadora de la consultora Iturralde y Asociados, y presidente de Arte con Voz, una de las excusas que nos reúne en esta entrevista. 

Cuando nos encontramos, pantalla de por medio, vamos directo al grano. O directo a lo profundo. No hablamos de política, ni del clima, ni de banalidades. Hay algo en su manera de conversar que me lleva a entrar de lleno a Imán, su primer libro, publicado en octubre por editorial Dunken. “Todo lo que planteo allí surge de mi propia experiencia y de mis búsquedas”, cuenta la autora de este pequeño tesoro con consejos para tener una vida más saludable. Los tiempos de pandemia le dieron el espacio para poder escribir y llevar al papel muchos de los escritos que tenía registrados entre sus diarios, que tomaron forma de libro (Imán es la primera parte de una serie de tres libros más).

Pero una de las cosas que me impulsó a buscar un encuentro con Claudia, como ese magnetismo que ella menciona, fue su trabajo en Arte con Voz. La misma voz que le da forma a las palabras, con la que dice, con la que se lanza de la mano del arte para generar ecos y réplicas en los más chicos. La organización, de la que ella es socia fundadora, nació cerca de 2003 y trabaja, desde entonces, en la zona del delta del Tigre. “En ese momento la idea era llevar artistas emergentes que trabajan con la posibilidad de educar en el arte a chicos entre los 5 y los 14 años. Como dice el investigador estadounidense Howard Gardner, vos les das arte y ellos pueden trabajar lo que es su don, que es la posibilidad de desarrollar aquello para lo que vinimos a este mundo”, cuenta Claudia.

—¿Con qué se encontraron cuando llegaron por primera vez a aquellas escuelas tan alejadas? ¿Cuál fue el punto de partida para empezar a trabajar con los chicos?

—Queríamos mostrarles que había otra posibilidad. Cuando entramos en una de las escuelas, se había hecho una estadística sobre qué era lo que querían ser cuando fueran mayores y todos querían ser lancheros. Para ellos significaba ocupar un rol fuerte en la sociedad. Con el tiempo pudimos ir mostrándoles que podían ser otra cosa. Que podían ser veterinarios, que podían ser músicos. Los talleres que dábamos no eran solo de plástica. Empezamos a dar circo, filosofía, escultura y materias que en las escuelas no se solían destacar, porque siempre estaban con las materias básicas.

¿De qué manera pudieron plantear la propuesta en las escuelas?

—Teníamos un plan de acción que nos admitieron en la currícula escolar en 2007 y trabajamos hasta 2017 en forma  ininterrumpida. Después vinieron talleres más esporádicos que aún seguimos haciendo, aunque con la pandemia tuvimos que cambiar un poco la dinámica. En muchos casos los chicos nunca habían trabajado el color y se encontraban, por primera vez, con las témperas y miraban cómo se generaban. Las materias de arte, en general, habían sido excluidas en la currícula escolar porque era muy caro darlas. Nunca pasamos al secundario. La idea siempre fue hacerlos de primero a tercer grado para ver qué efectos provocaba en los años posteriores, y revisar estadísticamente qué pasaba cuando habían tenido arte y cuando no habían tenido. Y ahí es donde veíamos la posibilidad de generar algo distinto en ellos.

Carencia no es tener poco

“Yo creo que cuando uno educa en la caricia, cuando uno educa en contemplar lugares cálidos y en hacer pequeños hogares en las escuelas, está dando una nueva posibilidad, aunque no se tenga nada”, señala Claudia cuando hablamos sobre educar a pesar de las faltas materiales. Durante todo estos años de trabajo en la fundación, fue testigo de cómo chicos de 8, 9, 10 años se abrían a nuevas posibilidades al descubrir cómo los colores cambiaban al mezclarse y cómo cambiaba la mirada cuando uno —valga la redundancia— mira con atención sabiendo lo que busca, aunque lo sorprenda lo que encuentre. “Descubrimos, nosotros también, cómo se amplía la consciencia de los chicos sobre lo que suponían que eran sus posibilidades y, de pronto, se daban cuenta de que el abanico de posibilidades era tan grande como quisieran plantearlo”, resume.

¿Cómo se hace para dar un mensaje de “que es posible” cuando hay tanta carencia, cuando hay chicos que llegan a la escuela con zapatillas prestadas y con apenas algo en la panza?

—Aunque la frustración que viene de la casa sea dura y a pesar de no tener elementos para poder trabajar, sigo creyendo que educar desde el arte es un puente de posibilidad. Porque cuando no tengo nada, los recursos son los que salen desde mi interior. De esa luz que tengo adentro, de esa posibilidad de verme un poquito mejor que lo que estoy hoy. 

Ese es el mensaje que das en Imán

Imán, justamente, busca darle fuerza a las posibilidades a partir del compromiso con uno mismo, que se genera al poner atención plena a nuestros actos, al celebrar el ser único que cada uno es, al observarse, al darse la oportunidad de redireccionar la consciencia. Somos lo que atraemos. Somos los que nos permitimos. Somos lo que posibilitamos. Somos la gracia que atrae nuestra voluntad.

Desear bien

Hay que desear mucho, pero también hay que tener cuidado con lo que uno desea”, comenta Claudia. Imán tiene que ver con los deseos, pero también es un libro que apela a la experiencia, a las rutinas. Algo así como un manual donde ella logró reunir herramientas prácticas para que esto de “imantar” lo que uno anhela no quede en el aire. Hay rutinas, hay prácticas, hay cuidados que nos habilitan para estar dispuestos (y más atentos) a recibir aquello que queremos de verdad y a consciencia. “Muchas veces creemos que deseamos cosas, pero en realidad estamos buscando algo que no es tan clave”, comenta.

¿Cómo reconocemos esas posibilidades? ¿Quiénes creés que nos pueden ayudar en esa tarea?

—Yo creo que las posibilidades se presentan cuando estamos atentos. Atentos a lo que leemos, atentos a la información que consumimos, atentos a saber con quiénes nos relacionamos, atentos a lo que comemos, atentos a los hábitos que practicamos. Nos ayuda nuestro entorno, nos ayudan los maestros que nos presenta la vida. Nos ayuda ponernos en el lugar del otro y entender que todos tenemos problemas, preocupaciones, pero que todos también tenemos siempre la alternativa de elegir en qué lugar nos ponemos. Si nos quedamos en la queja o nos posicionamos en lugar de resolución; si nos quedamos en el sufrimiento o agradecemos las enseñanzas que puede traernos; si nos quedamos en el enojo o nos movemos hacia el perdón…

¿Qué lugar ocupan en ese proceso el arte y la esperanza? 

—A mí me ha ayudado mucho el arte en todas sus disciplinas. Contemplarlo y producirlo. Animarme a hacer. A poner manos a la obra y pintar, escribir, esculpir, tejer. 

En tu libro también hay un capítulo dedicado a la escritura…

—Sí. Yo creo que cuando uno escribe puede elegir las máscaras que necesita, salir de las que no y evitar las que nos conducen a un grado de culpa interior. Escribir sana. El arte sana. 

¿Qué creés que podemos enseñar como adultos a los chicos y a los jóvenes sobre este tema? 

—Creo que tenemos la responsabilidad de enseñar con el ejemplo, más allá de la palabra. Los actos desinteresados son el verdadero milagro. Un pequeño acto de bondad vale más que la intención más grande.

Fundación Arte con Voz
Comenzó a trabajar formalmente en 2006 en 12 escuelas de Tigre y San Fernando con artistas emergentes y la intención de dar tres bases:
✓ Dejar cultura instalada
✓ Formar formadores
✓ Generar oficios

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